domingo, 16 de marzo de 2008

Luces de bohemia, de Valle Inclán

Hoy voy a hablar sobre mi obra de teatro preferida, Luces de Bohemia, de Valle-Inclán.


El protagonista, Max Estrella, es el típico poeta romántico y bohemio: ciego por la sífilis, malviviendo en un quinto piso y casado con una francesa. Es un bebedor nato y no se separa de don Latino de Híspalis, su amigo-mecenas, que no se moja por él más de lo necesario. Con la excusa de sacarle más dinero a un librero por una de las obras de Max, ambos personajes se embarcan en una aventura épica, un descenso a los infiernos que resulta la ciudad para los poetas sin dinero. Visitan una taberna, la calle, Max es detenido…24 horas de desventuras en las que los protagonistas se rodean de figuras como Rubén Darío o el Marqués de Bradomín.

Aunque está escrita como una obra de teatro, Luces de Bohemia parece ser más un manifiesto, una declaración de intenciones (si tenemos en cuenta el estilo de los textos anteriores, como las Sonatas) y, sobre todo, un texto acerca de la misma literatura. El escenario, el hábitat del poeta, es ese submundo de las tabernas, las esquinas, los cementerios; donde las marquesas llevan tacones arrugados y los enterradores discuten de filosofía. Todo esto basado en una España que se cae y se regodea en su decadencia, y donde, en palabras de don Latino, “es un delito el talento”.

Max se refiere a todo este cosmos como el esperpento. Ramón María del Valle Inclán, con la excusa que supone escribir una obra de teatro, nos habla de las revoluciones (en tanta cantidad y con tan poca calidad), de los recitales anónimos en tabernas anónimas, de las mujeres que se dejan palpar en la oscuridad y de las jóvenes generaciones que quieren cambiar el mundo. Recupera para nosotros el mito de los poetas que se mueren de frío y nos sirve, en bandeja, esta crítica social pero, también el ridículo que se regodea en el ridículo, la conciencia y culpa de los espejos rotos, el esperpento.